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  VIDA COLONIAL
 
 
 
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CAPITULO   VI.

 

6.-       La Vida Colonial.   Aspectos Generales.

 

Podríamos determinar que la vida colonial Santanera, estuvo supeditada al control exclusivamente de los migrantes Españoles; en especial de los Encomenderos y Clérigos, quienes ejercían una férrea vigilancia sobre los indígenas y esclavos, los cuales vivían bajo condiciones inmisericordes, trabajando de sol a sol en las grandes haciendas, cuyo usufructo paraba en las alforjas de los Ibéricos, hasta los años de l750, cuando esta ingrata forma de gobierno comienza a desaparecer.

 

A costa del trabajo indígena y del sector negro, y de las generosas dádivas de los pocos criollos con algún ascendiente económico o social, los españoles disfrutaban de los más importantes y especiales jolgorios y fiestas de guarda del calendario eclesiástico y de que la memoria tenga conocimiento; eventos que contaban con la asistencia masiva de todo el feligresado en cabeza de sus  más dignísimas autoridades, a quienes se les otorgaba el derecho a portar el pendón real o estandarte oficial de la celebración, mediante el pago de generosas sumas a favor de las ricas arcas parroquiales, que incrementaban las ganancias de la curia.


6.1.- La Vida Cotidiana de la Colonia.

 

 

El progreso de la parroquia Nuestra Señora Santa Ana de Vélez y la transformación de sus costumbres fueron lentas, a causa de  estar situada en el corazón de los Andes, pero por la cercanía de Vélez, Tunja y Santa Fé, su desarrollo e injerencia regional fue más relevante que la de otros poblados indígenas y mestizos circunvecinos, lugar que aún hoy prevalece.

 

Perezosamente como un tardío amanecer de invierno, fueron trocándose las casas de bahereque, pajas de colores y tapia  pisada, en construcciones más modernas y seguras, con la iglesia colonial rematada por su blanca espadaña y algunas casas de los principales dignatarios, ornando el marco de la plaza de armas.

 

Por aquel entonces el aspecto de nuestro Santa Ana, debió ser impresionante, con sus pocas calles desérticas, iluminadas por la tremola y melancólica luz de algún pequeño farol y con el silencio interrumpido por el croar rítmico de las ranas o por los gritos de la ronda militar, o el lastimero ladrido de los perros asustados con la aparición de la luminosa luna; al amanecer el canto de los gallos o el eco lejanísimo de alguna sentida serenata, parece ser remataban el cuadro, pues a las cuatro de la mañana sonaban las campanas del ángelus y las puertas de la iglesia se abrían de par en par, para  recibir a los fieles madrugadores cristianos.

 

La amplia Calle Real era la vía arteria por excelencia, en ella se ubicaban varias tiendas que recibían la luz del sol por sus angostas puertas y ventanas ; allí se ubicaban las chicherías, los chuchos o estanquillos en donde se encontraba de todo y para todos, principalmente materiales, mercadería y comestibles. 

 

 

Las otras nueve calles eran torcidas, tortuosas, sombrías sin aceras ni alcantarillado, todas cubiertas por la hierva y el polvillo andariego levantado por el buen deambular de las numerosas aguadoras, que transportaban el agua desde " Pozo de Llano " a sus casas en borricos cargados con pesados barriles o a pie; también recorrían las calles las multitudinarias y festivas recuas de mulas de paso, cargadas con innumerables fardos o los característicos zurrones de miel que surtían las principales chicherías de Vélez, Tunja y Santa Fé.

 

Por las andariegas calles Santaneras se podía observar también las romerías cotidianas de peones cargados con enormes bultos o de los señores prominentes en su quehacer diario montando briosas cabalgaduras; de igual forma estas calles eran visitadas por infinidad de perros, asnos, gallinas, cerdos, piscos, mulares y gallinazos que terminaban sus días en alegre convivencia.

 

En sectores aledaños al casco urbano se ubicaban todas los aposentos de las grandes haciendas, adornadas por jardines vistosos y sombreados con arboles nativos, en  ellas se veía en los largos días de descanso numerosas gentes de paseo, unas a pie y otras en temperamentales cabalgaduras disfrutando del bello y rico paisaje y la agreste naturaleza.

En todos los hogares Santaneros de egregia estirpe española, predominaba un maravilloso ambiente de religiosidad profunda, estos núcleos estaban compuestos por vasta familia integrada por los más allegados y una numerosa servidumbre.

 

Un aspecto singular era que la gente de la clase dirigente vestía según su elevada condición económica, algunos muy ricamente, luciendo siempre altivos  :   el  tricornio o ancho sombrero adornado por elegantes plumas; golilla  con encajes en el cuello; chaleco de raso largo y bordado; casaca larga y galoneada; donairosa capa corta en ocasiones de grana; calzón corto sujeto sobre la rodilla; medias de seda y zapatos con relucientes hebillas, todo lo anterior acompañado por el espadín o  bastón de mando, que identificaba su rango militar o civil.

 

Las bellas mujeres en un comienzo, usaban peinados exagerados de altura prominente, hermosas sayas de seda y complicados y largos vestidos desmesuradamente anchos y abultados en su parte baja, acompañados por anchas mantellinas de seda y de colores blanco, azul o negro.

 

La vida cotidiana de estos ilustres y amables Santaneros se deslizaba plácida y tranquila, es de anotar que regularmente las mujeres oían misa todos los días a la hora del alba; el hombre iniciaba sus labores antes de las ocho de la mañana y luego trabajaba hasta al mediodía, hora del almuerzo, seguido de la siesta; luego volvía a sus faenas a las dos y trabajaba hasta las cinco, hora acostumbrada para el chocolate, los paseos, las tertulias o los  juegos de cañas, cartas o las carreras de caballos a que eran muy dados; a las ocho de la noche se tomaba la cena, no sin antes haber rezado el rosario con toda la familia, al borde del toque de queda que era a las nueve de la noche.

 

No obstante la riqueza del suelo y por consecuencia del aislamiento vial en que se encontraba la parroquia, se podía apreciar la otra cara de la moneda, la dura labor de la clase baja o pobre, que era y sigue siendo mucho más numerosa que la acomodada, ya que por cada uno de los ricos hacendados, podía haber doscientos pobres; problema  que se palpa, cuando más del 70% de los habitantes del municipio eran y siguen siendo los   simples trabajadores explotados, que trabajan la tierra de otros con la misma ilusión de sus ancestros, la de adquirir en un próximo futuro su propia parcela.   

 

Así se podía ver en su desarraigo personal y vestimenta miserable en la gran mayoría de habitantes, la cual se componía de camisa y pantalón de lienzo burdo, ruana de algodón y el sombrero de paja; viviendo hacinados en lúgubres y humildes ranchos de paredes de bahereque y techos pajizos; hacia 1812 se registran 316 nacimientos de los cuales 147 fueron anotados ilegítimos, producto de la cruel miseria e ignorancia de estos pobres Santaneros, a más pobreza más hijos parece ser que era el lema.

 

Pero a pesar del triste panorama, entre las personas afortunadas y que la suma pobreza degradaba, había una clase media o emergente, compuesta por hombres y mujeres laboriosas, los cuales estaban ocupados en el comercio y en la elaboración de varios artículos de inmediato consumo, la cual era ejemplo de que esta tierra trabajada con tesón produce bienestar.

Se distinguían por sus limpios vestidos, en especial las mujeres, los que no tenían la opulencia de la clase prominente pero en contraprestación formaban un bello espectáculo de formas y diseños, pues estaba compuesto por camisa profusamente bordada de regias figuras de colores, enaguas de bayeta fina, alpargatas y sombrero de jipijapa con ancha cinta negra a el cual sujetaban la mantellina de paño que llevaban flotando para lucir la camisa y el rosario de piedras y oro.   

 

Tenían ascendiente sobre el pueblo raso, no con imperio, sino con dulzura, como a iguales y frecuentemente daban de comer a los infelices del pueblo. 

 

A estas mujeres se les admiraba y respetaba; en su corazón no tenían cabida el orgullo o la dureza, que en otros producía la posesión de la riqueza. 

 

Tal fue el fondo del carácter de los moradores de estas tierras, que muchas de las facetas de estas buenas mujeres, aún  hoy prevalecen, como  son :  la  enorme bondad, la hospitalidad, la disposición para el bien por instinto y la intensión de dar lo mejor de sus esfuerzos en pro del bienestar comunitario.


6.2.-    Las Fiestas

 

La tranquilidad del vecindario de vez en cuando era rota por la celebración de diversas fiestas de carácter social o cristiano, acontecimientos que tenían gran acogida y enorme popularidad en la población Santanera, que de por si siempre ha sido alegre y dicharachera. 

 

Dichas efemérides se iniciaban con alboradas de pólvora, salva de arcabuces, repiques de campanas y con la iluminación majestuosa de la bella iglesia parroquial, que era el epicentro de todas las actividades festivas.

 

La víspera, poníanse en las calles hachones, bellos faroles y vasos de colores, cuya llama se alimentaba con aceite o cebo; juegos de artificios que divertían al pueblo; música y alegres sonatas resonaban al son del tiple o el requinto; la aurora era saludada alegremente y después de los  actos religiosos, se celebraban varios eventos como las corridas de toros que tenían lugar en el castrum o plaza mayor lugar donde se cerraban las esquinas con empalizadas se soltaban los toros al alegre público, especie de corraleja muy concurrida; riñas de finos  gallos; juegos de naipes, convites y bailes populares como el torbellino, la danza, el pespíe, la contradanza o el bámbuco, engalanaban las festividades.

Entre las fiestas de carácter religioso tenían especial solemnidad la Semana Santa, el Corpus Cristi, la Natividad, la Inmaculada y la de Nuestra Señora Santa Ana, patrona del pueblo; en el mes de diciembre con espléndida alegría se celebraba la Natividad, el rezo del rosario al rededor del pesebre con toda  la familia  fue la  norma general al son de tonadas y villancicos; tradición que se ha venido desvaneciendo con el paso acelerado del tiempo y la modernización de la celebración.

 

El primer intento por oficializar las modernas FERIAS Y FIESTAS en el municipio, se efectúo en los albores del siglo XX, hacia 1929, cuando un grupo de entusiastas ciudadanos se reúnen con el fin de organizar los jolgorios.

 

La siguiente es la nota de compromiso :

 

“ En Santa Ana a 13 de octubre de 1929, reunidos los vecinos que suscribimos esta acta, con el fin de organizar el plan para efectuar en este poblado unas ferias y fiestas.  Al efecto se dió principio nombrando la junta directiva del caso, la que por elección quedó formada de cuatro miembros así : Genaro Motta, Pedro A. Bayona, Daniel Gómez y Pericles Chacón.  Por unanimidad se acordó que estas festividades deben ser en los cuatro primeros días del mes de enero próximo entrante.

Para atender los gastos a todos estos gastos, voluntariamente ofrecemos esta cuota :

 

1.-       Vicente Silva                      10 Pesos

2.-       Jorge Ulloa                         10

3.-       Bernabe Ortíz                     5

4.-       Dr. Barreto                         5

5.-       Jacinto A. Rangel                 5

6.-       Pedro Bayona                     10

7.-       Luis Enrique Silva               2

8.-       Benedo Ariza                      2

9.-       Pericles Chacón                  10

10       Daniel Gómez                     10

11       Genaro Motta                      20

12       El Sr. Cura                          10

13       Domingo Rojas                    1

 

Se resuelve que las cuotas deben ser canceladas en la tesorería respectiva..... “

 

Así daba comienzo a lo que hoy muchos años después, son las mejores ferias y fiestas de la región, por su alegría constante y por el sano ambiente en que se desarrollan, y que se celebran entre el 24 y el 29 de julio de cada año, como homenaje a sus gentes y en honor a la Patrona Santa Ana.


El Mercado Campesino.

 

Los Miércoles y Sábados se realiza el mercado en Santa  Ana, al igual que en tiempos de la colonia, el del miércoles es pequeño y como preparatorio del otro, que era y sigue siendo los días sábados, este si muy concurrido y abundante en mercancías.

 

Antes de la llegada de la carretera y los pesados carros de carga, desde las horas del alba comenzaban a llegar los campesinos, unos arreando y otros cargando los pesados fardos, que traían a sus espaldas.

 

Las dos cuestas que desembocan en los caminos que  otrora conducían a los otros distritos parroquiales, Chitaraque y Vélez se cubrían de hombres, mujeres y niños que arreaban bueyes o mulas conductoras de los variados  productos con que la  fecunda  tierra  premiaba  sus labores diarias, o de aves o sarta de animales domésticos, o de gruñones cerdos acompañados por su numerosa prole, cada uno con su cabestro, el cual  sostenía  la ruda mano izquierda del propietario, mientras con fuerza la derecha blandiendo unas ramas, obligaba a las futuras víctimas a marchar con buen orden.

Acción parecida a la del gran Apolo dirigiendo los caballos del sol, salvo que los gruñones cerdos no siempre marchaban dóciles y que el representante de Apolo nada tenía que ver con el apuesto efebo y si mucho del indígena alegre de la zona, pobremente ataviado, descalzo de los píes y pierna, acompañado por un puñado de mujeres que venían de lejos, ensayando su fuerza con un haz de leña, encorvado el cuerpo y oprimida la frente por la faja donde pendía la carga, la cual le aportaba una miseria de salario, a lo sumo un cuartillo, que les alcanzaba para pasar el día en el pueblo en alguna de las concurridas chicherías de la Calle Real.

 

Desde que comenzaba el mercado y hasta la tres de la tarde estaban los vendedores fijos en sus puestos, clasificados por grupos, según el variado y agreste género que vendían, todos atentos a despacharlos.

 

La  balanza  la conformaban  dos canastos pendientes de una vara que hacia el oficio de abrazos, elementos fabricados por los vendedores, de cuya fidelidad no dudaba el comprador, como tampoco de la exactitud de las pesas, que eran trócitos de madera o piedras de diferentes tamaños; buen sistema que hace recordar la sencillez de costumbres del tiempo de Hómero, cuando las princesas lavaban la ropa de la familia en los arroyos y los banquetes regios se componían de un buen asado al aire libre, cosa que para desgracia nuestra, ya son tiempos pasados, aún que algunas de las prácticas anteriores aún se conservan en cierta medida en Santa Ana.

Desde las tres de la tarde comenzaban los movimientos de retirada de los expendedores y el arreglo de las cuentas por préstamos recíprocos; arreglo que solía terminar en gran desarreglo de palabras o de obra, según la complicación de  cuentas o la cantidad de chicha ingerida durante el día.  

 

Al caer la tarde volvía a quedarse el pueblo sumido en una sofocante inercia; las alegres tiendas y grandes chicherías se cerraban; las calles se desocupaban, en especial la Calle Real, sector donde trascendía y trasciende la actividad social y parte del acontecer del pueblo desde hace muchas décadas.

 

Al anochecer algún tiple tocado por la yà trémula mano de un galán que obsequiaba a su dama una melancólica serenata en la desprovista chichería, a la luz de una o dos velas de cebo, pegadas a las artesonadas tablas del mostrador, era lo único que se escuchaba donde pocos momentos antes reinaban el bullicio, el ágil regate y la animación de innumerables personas, todas hablando al unísono y en voz alta, cada cual de su negocio; de manera tal que en la noche desaparecían los ruidos y las rudas tinieblas se encargaban de cobijar al labriego que no pudo atinar con el camino a su casa o al  trabajo.  

Práctica anterior que en nuestro tiempo no ha desaparecido, pues todos los domingos en los horas de la tarde podemos observar la romería de trabajadores de trapiche que no atinan el camino a su lugar de trabajo, pues los efectos del líquido terreno los atrapa en sus poderosas garras.

 

Ninguna pendencia formal, ningún desorden serio tenia lugar entre tanta gente congregada, la vista de la vara del Alcalde o del regio bastón de mando bordado del político, bastaban para poner término a las disputas, que si se presentaban eran sometidas en el acto a la decisión de la autoridad, de la cual nadie dudaba, no por timidez servil, sino por el sincero respeto a las autoridades populares, honor que por lo general, por aquella época, correspondía a los más prefectos personajes, quienes eran ejemplo de honradez y altruismo comunitario.


6.3.-    Santa Ana de Vélez Hacia l800.

 

En el siglo XVIII, Santa Ana contaba con varias  construcciones hechas de tapia pisada y teja de barro, algunas aún conservaban su estructura anterior de bahereque y techo de paja, al igual que unos grandes galpones de paja, destacándose como es natural la Iglesia y la casa cural, que eran el centro de todas las buenas actividades sociales, culturales y religiosas, puesto que en su gran y espacioso atrio central, se celebraban todas las más importantes fiestas, tanto religiosas como las de beneficio público, como :  Alegres bazares, Regios reinados y algunas competencias deportivas y una que otra presentación teatral. 

 

El actual parque servía para que los numerosos festivos  y ágiles comerciantes apostaran sus toldos para ofrecer sus variados productos a la creciente comunidad Santanera.

 

Por esta época la calidad de vida del hombre Santanero, comienza a tener otro rumbo, ya no depende del  trabajo en las haciendas de dueños españoles, por cuanto estos paulatinamente han ido perdiendo su ascendiente control sobre la zona, producto de los cambios políticos y de actitud de sus anteriores vasallos.

Ahora el Santanero saca a flote su instinto comercial y viaja de mercado en mercado, realizando con singular tino variedad de transacciones comerciales que le representan unos excelentes dividendos; acción que efectuaba hasta que la temporada de rudas siembras llegaba y entonces hacia presencia en su parcela, en  algunos casos propia o en otras, como siempre, siendo simple aparcero; terreno donde residían su mujer e hijos, hospedados en un pequeño rancho de paja adornado por imágenes y estampas, sobre la pared más visible de la casa, herencia de su ancestro  español y complementado por muy pocos muebles para la hora del descanso.

 

Su  vestuario ha  mejorado, siendo ahora un calzón negro o café de manta gruesa, camisa de lienzo fuerte y tupido, ruanilla parda de lana, sombrero raspón o quijotesco impermeable de amplias dimensiones y alpargatas de doble suela sujetas al pie por un simple cordón de fique.  

 

Sobrio cual ninguno, pues ahora su alimentación ha  mejorado en base a los vegetales producidos en su huerta y la chicha. 

 

Algunos por su trabajo diario en las haciendas ganan un Real, que es atesorado como la prenda más preciosa de su existencia.


Las familias que moraban en Santa Ana, después de la conquista, estaban conformadas por gran número de personas, cuyo promedio era de 10 por hogar, gente de caracteres homogéneos de tendencia vigorosa y bien delineados físicamente y bien dispuestos para arduas las labores agrícolas, cuyo carácter se perfilaba de forma medianera entre lo impetuoso del español y lo calmado y paciente del indígena chibcha; población que se adaptó a las variadas tareas de la agricultura y de la ganadería, fuentes de gran riqueza en la zona...”; raza fuerte, luchadora y de excepcional conformación física, la cual predomina actualmente en nuestro municipio.

 

Las casas campesinas eran, aún hoy algunas conservan esta estructura, bajas de techo con ventanas reducidas y abiertas a un metro del suelo, el pavimento era esterado, los grandes canapés permanecían henchidos de algodón, plátano o maíz y ostentando en sus forros todos los zarazas inimaginables; las mamparas de tela traslúcida o de vidrieras en las puertas de los balcones como  prevención contra el frío en las épocas de intenso frío, las pocas habitaciones contenían las grandes múcuras de chicha o el tren del amasijo; en otra en alegre convivencia los perros y gatos y, en la principal todos los trastos inimaginables que propiciaban el hacinamiento de sus moradores, de ahí que las familias eran numerosas, compuestas por los padres y un batallón de inquietos y avispados infantes en número promedio de seis por clan.

Según algunas crónicas, los visitantes acotan sobre el pueblo lo siguiente :  Visita del Colector de las Arcas Reales...1789... El aspecto material del pueblo es silencioso y húmedo; las calles torcidas, muy mal empedradas, unas y otras convertidas en eternos lodazales en invierno y por lo general cubiertas por la pequeña hierba que anuncia la falta de corte y  tránsito; como tampoco hay puentes, ni caminos  transitables para  entrar al poblado, estado que indica la falta de buen gobierno... las mujeres pobres visten saya y mantellina de bayeta oscura, llevan su sombrero y andan embozadas lo que les da un aire de frailes franciscanos; los artesanos y jornaleros, no han dejado ese exterior abatido que en los tiempos malos de la conquista revelaba el menosprecio en que eran tenidos... en distante compensación las gentes acomodadas demuestran buenos  gustos  y aseo en el vestido y sus habitaciones particulares..., las  damas  son bellas, agradables y de una elegancia señoril sin afectación ni quijotería, candorosas y en extremo muy sensibles para las  afecciones domésticas..."

 

 

6.4.- Santa Ana Como Parroquia Municipal.

 

Después del proceso de evangelización y de la severa aculturación recibida por los muchos moradores del sector de la Hoya del Río Suárez  o  Saravita  y la  exaltación a la categoría de Parroquia Eclesiástica, como se ha referido anteriormente, vale la pena hacer un análisis de los beneficios y alcances que ha tenido y  recibido Santa Ana, desde que por orden del Virrey Amar y Borbón, le concedió el título de Parroquia Municipal, según documento original  con firma y sello, emanado el 14  de Julio  de l806, después de 114 años de ser  erigida  como Parroquia Eclesiástica y 263 años del establecimiento de el primer contingente español en el territorio de la Encomienda de Chimaná.

 

Para tener una visión más generalizada del comienzo del  municipio como tal, retomemos algunos conceptos básicos sobre el tema. "....los castellanos españoles tomaron sus principios fundamentales del “ municipium “ romano, que era un conjunto urbano libre cuyos vecinos elegían a sus autoridades de manera autónoma.

 

Desde sus orígenes el municipio fue una institución ejemplarmente democrática, puesto que eran sus vecinos los electores del Concejo, del latin “ Concilum “, como supremas autoridades de la comunidad de los que emergieron como administradores de la economía y la justicia, unos delegados suyos que se llamaron “ Alcaldes “ del arabe Al Qadi o Juez.

 

Al terminar la avalancha conquistadora y al concretarse el sometimiento de los nativos a la corona española e iniciarse el enorme proceso de institucionalización de los Tribunales de Justicia y de las rígidas Reales Academias, que suplantaron la bronca y bárbara autoridad de los conquistadores; se trasladó sin modificaciones a los nuevos  territorios ultramarinos, la refinada y democrática figura del municipio, con todas las características fundamentales y los fueros legales de que gozaba en Europa a mediados del siglo XVI.

 

En América, fue el municipio una de las instituciones que más arraigo tuvo en los años siguientes al descubrimiento.   Fue así que los celebres conquistadores, cuyo máximo merecimiento es el de haber sido grandes e incansables  fundadores, sembraron  todas  las rutas de sus andanzas de pueblos y villas, dando estricto cumplimiento a lo ordenado por el Rey y en consecuencia muchos municipios tuvieron un inmediato ordenamiento jurídico y urbano, con todo su cabildo, sus regidores, sus alcaldes, justicias, alguaciles y pastores de almas, siendo Santa Ana uno de ellos, asentamiento otrora exclusivo de blancos españoles, como lo certifica Moreno y Escandón en su informe al Virrey, hacia  mediados  de Agosto de l778.

 

Después del primer asentamiento humano ibero - español en la zona, específicamente en la Encomienda de Chimaná hacia l543, habían de pasar 263 años, para que el Virrey Amar y Borbón erigiera al poblado como parroquia municipal; conviene aquí aclarar que Santa Ana era un dominio territorial español, pero jurídicamente sus tierras pertenecían a el pueblo de Chitaraque, razón por la cual desde 1719, mediante acciones y gestiones de tipo político y jurídico se buscó el alinderamiento de su territorio hasta que en 1806 fue aceptado el requerimiento oficial, gracias a la gestión denodada del Señor notario de aquel entonces, el señor Don Isidro Thello y García, a quien se le atribuye, sin ninguna justificación  la  fundación  del  municipio, pero a quien hacemos un justo reconocimiento por su tesonera labor al frente de los destinos jurìdicos de nuestro Santa Ana.

 

Según los archivos parroquiales, Don Isidro Thello y García, aparece en la rica historia Santanera entre los años 1782 y 1806, año en que se confirma la municipalidad, a 114 años de ser  parroquia eclesiástica y 263 de la Encomienda de Chimaná, ante lo cual  podemos determinar que el Señor Thello y García, se ocupó de realizar los trabajos inherentes a su investidura legal como Notario Principal. 

 

Además por haber sido en ese término de tiempo Alcalde de Primer Voto, la comunidad le otorgó los poderes necesarios para que realizara todos los trámites de carácter burocrático, así como memoriales, justificaciones y audiencias pertinentes de la época, para que se le diera o concediera la cédula municipal a la parroquia de Santa Ana de Vélez.

Muchos parroquianos hijos y amigos de Santa Ana trabajaron arduamente ante el gobierno eclesiástico y civil  para  que se declarara a este lugar Parroquia Municipal, libre e independiente de Vélez en la parte político - administrativa y de Chitaraque en su aspecto territorial. 

 

Los primeros esfuerzos fueron frustrados en l719, año por el cual se establecieron los linderos territoriales de la parroquia eclesiástica, hasta que a comienzo del siglo XIX, los anhelos de los Santaneros se concretaron, según los textos siguientes :

 

"Don Antonio Amar y Borbón, Caballero Profeso de la Orden de  Santiago, Teniente General de los Ejércitos  Reales, Gobernador, Virrey y Teniente General del Nuevo Reino de Granada y Provincias adyacentes, Presidente de la Real Audiencia de Santa Fé de Bogotá, Superintendente  General de la Real Hacienda y Subdelegado de Correos....,a esta superioridad se han remitido por la jurisdicción de esta capital los Autos instruidos y  últimamente agitados por los vecinos del  lugar de Santa Ana, en la jurisdicción de la Ciudad de Vélez, sobre que les concediese, el permiso y licencia para fundarle en parroquia ( municipal )  Principal, segregándose de las de ( San José de ) Pare y  Chitaraque, cuya solicitud fue negada por el Vicepatrono Real (1719), y posteriormente por la misma jurisdicción eclesiástica por las causales que entonces tuvieron en cuenta los presentes y los que ministraban los Autos.   Pero la parte vital del vecindario esforzando esta única pretensión, ha dado representación que con documentos exhibidos en el Juzgado Eclesiástico, dicen así :

 

" Santa Fé y diciembre Nueve de l805 "

 

Visto lo expuesto por el promotor fiscal : se declara lugar con lo que toca a la jurisdicción eclesiástica, la erección de Parroquia ( Municipal ) en el curato de Santa Ana, y agregamos a ella los sitios de LLano, Curagá, Curaguito , LLoyre, Loma y Chapa guardándose la demarcación y linderos asignados por Auto del 27 de Julio de l719; en su consecuencia pásese el expediente con oficio de estilo al Excelentísimo Señor Virrey Vicepresidente Real para su superior aprobación o lo que sea de su agrado. Duquesne. Ante mi Gregorio Muñoz, Notario."

 

Visita Fiscal : ....Excelentísimo Señor.    El fiscal de lo civil dice que de los Autos que se remiten por el discreto provisor Gobernador del Arzobispado, se acreditan las respectivas instancias con que los vecinos del sitio de Santa Ana, han solicitado se erija en parroquia Municipal probando la necesidad y urgencia que les asiste para que se verifique. Todo consta por las diligencias que en diversos tiempos se le han practicado, acreditándose por las ultimas que los dichos vecinos han puesto iglesia decentemente adornada y proveída de todo lo necesario   para celebrar y administrar los Santos Oficios y últimamente que tienen hecha obligación de mantener cura y cofradía por lo que V.E., fuere servido podrá acceder a la erección de la parroquia municipal decretada  por lo que toca a la jurisdicción eclesiástica, usando de las facultades del Real Patronato o mandar lo que fuere  de justicia.. Santa  Fé, 10 de Enero de l806. Ante mi Arias.."

 

Santa Fé, Mayo 12 de l806.

 

Vistos estos con lo expuesto por el Señor Fiscal.. En su   conformidad y por que resulta, se accede lo tocante a las regalías del Real Patronato a  la  erección de la Parroquia  en el Curato de Santa Ana y agregación a ella de los sitios LLano, Carugá, Caruguito, LLoyre, Loma y Chapa en los términos que en providencia del 9 de diciembre del año próximo pasado, lo ha decretado la Jurisdicción Eclesiástica, a quien librado que sea de título, se devolverán los Autos con copia certificada de esta insertándose la respuesta del Señor Fiscal. Hay dos rúbricas. Caicedo..."

 

"...Mediante lo cual he acordado librar y en efecto libro el presente y por el, usando de las regalías del Real Patronato que en mi residen, vengo en acceder a la erección de la Parroquia Municipal en el Curato de Santa Ana, y agregación a ella de los sitios de LLano, Curagá, Curaguita, LLoyre, Loma y Chapa en los términos que en providencia del 9 de Diciembre del año  próximo pasado, lo ha acreditado la Jurisdicción Eclesiástica. 

 

En Cuya consecuencia ordeno y mando a las justicias respectivas que siendo con este título requeridas por parte de los vecinos suplicantes en cualquier manera, procedan a ponerlos en posesión del globo de tierra demarcado con arreglo a la diligencia de 27 de  Julio de l719, que viene inserta, a que se agregarán los vecinos de los sitios de LLano, Carugá, Caruguita, LLoyre, Loma y Chapa, a fin de que cuanto antes pongan en ejecución el ornato, arreglo y disposición del lugar, y su aseo y composición para la mejor estabilidad del alivio y bienestar de sus habitantes.   

 

A cuyos fines le expido con la firma de mi mano, sello de mis armas, rúbrica del Señor Asesor y refrendación del Señor Escribano Mayor de Gobierno en Santa Fé de Bogotá a Junio 14 de l806.   Antonio Amar  y Borbón..."

 

Así en l806, nacía oficialmente y de manera jurídica uno más de los muchos municipios de pura descendencia y genes castellanos, con que la conquista y la colonización  iberohispana, poblaron en forma perdurable la vasta geografía del Nuevo Mundo recién descubierto, aún cuando ya era pueblo y parroquia eclesiástica como se ha  explicado anteriormente.

"...si se pidiera una sola prueba de la solidez que demostró la fina institución del municipio en América, a través de los varios siglos, bastaría hacer un recuento de como los cabildos y ayuntamientos de nuestras urbes hispánicas, fueron núcleos vitales donde se gestaron y se consolidaron los movimientos independentistas que sacudieron y liberaron la nación del rudo yugo español. 

 

La República como era elemental, abolió la recia estructura colonial... expulsó a los Virreyes y Oidores e implantó las nuevas formas liberales de gobierno..., conservando intacto el Municipio como ejemplo de organización domocrática.

 

Santa Ana durante más de cuatro centurias, ha padecido largos periodos de estancamiento social y comercial, pero también ha visto renacer el ave Fénix, en múltiples ocasiones, mejorando a través del acendrado proceso de colaboración natural, el nivel de vida de la comunidad, que se ha visto fortalecida por una mejor y rica instrucción social, la cual ha afianzado las relaciones sociales,  interpersonales y de confraternidad de todos los Santaneros, proyectando su imagen como personas de grandes alcances materiales y espirituales.

 

 
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